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sábado, 3 de junio de 2017

Relato Breve: Despedida




Despedida


Le escuché pronunciar mi nombre. Abrí mis ojos en mitad de una noche de luna amortajada y descubrí que solo la soledad, negra y vacía como una noche de invierno sin luna y sin estrellas, dormía a mi lado. 

Le escuché susurrar que aún me quería, que aún no me había olvidado. Mis oídos de agudizaron y, en medio del silbido que emitían la lluvia al caer y el viento corriendo como lebreles en libertad por campos hirsutos, comprendí que él ya no podía hablarme. 

Sentí su aliento acariciar mi nuca embebiéndome de suavidad y ternura. Mi piel se erizó tornando más intenso el roce provocado por las frías sábanas que me arropaban, y entonces comprendí que su aliento jamás volvería a mí. 

Sentí su mano recorrer mi espalda como antaño solía hacer. Mi corazón dio una brusca sacudida germinando la consciencia de que era más que mi imaginación lo que esta noche bailaba a mi alrededor y hollaba mi dolor. 

Giré sobre mí misma. Nuestros ojos se encontraron y se fundieron en una cálida mirada como el río que se pierde en el mar al  alcanzar su desembocadura; y, ninguno pronunció una sola palabra, no eran necesarias las palabras, sino que el silencio podía decir mucho más de lo que cabría esperar. 

Mis ojos se anegaron en lágrimas que resbalaron por mis pálidas mejillas. En su rostro se formó una mirada de agridulce tristeza que me decía: 

«—No llores, cariño mío, sonríe porque ahora esté a tu lado. Con la primera luz del alba, cuando despiertes, yo no estaré aunque siempre me hallarás en tu corazón. Mañana sentirás y creerás que todo fue un anhelante sueño, pero no es así, fue real...  Mañana todo estará bien. Mañana tu vida sigue adelante aunque la mía ya no lo haga más. No te olvides de mí y será el modo en que jamás me iré de tu lado.»

Poco a poco se fue desvaneciendo delante de mis propios ojos, era como si mis lágrimas le fueran borrando de mis pupilas, aunque jamás lograrían borrarle de mi mente, y, mucho menos, de mi corazón marcado por lacerantes heridas. 

Con la primera luz del alba la mañana regresó y una primera luz matinal irrumpió en mi dormitorio. Mis ojos lloraron amargamente como habían hecho toda la noche, la sonrisa jamás brilló en mi rostro, él no estaba y jamás lo estaría... Todo había sido un sueño aunque mi corazón gritaba desgarradoramente que había sido real. Entonces recordé, una vez más, que sin su amor nada estaba bien, nada volvería a estar bien. Mi vida seguía adelante, pero con gusto cambiaría el rumbo de nuestros destinos para que yo muriera y fuera él quien siguiera adelante. 



© 2017, Despedida
© Ángeles Duque-Rey
© de la imagen de presentación: Ángeles​ Duque-Rey

© Todos los derechos reservados. Prohibida la copia, distribución o divulgación sin autorización por parte de la autora. 

miércoles, 31 de mayo de 2017

Relato breve: Mamá, tenemos que irnos



Mamá, tenemos que irnos

¡PUM!

Ese fue el sonido, brusco y potente, que me despertó aquella noche. Me incorporé inmediatamente sobre mi cama y miré en derredor guiándome por las luces y sombras que la luz de la luna, que se filtraba por mi ventana, proyectaba. No encontré el origen del ruido y, en toda la vivienda, parecía reinar un silencio sepulcral. 

Me engañé a mí misma haciéndome creer que solo había sido una pesadilla. A fin de cuentas, ya eran dos los años que llevaba sufriendo horribles pesadillas noche tras noche. 

Estaba dispuesta a acostarme en la cama, de nuevo, para intentar conciliar el sueño, cuando el pomo de la puerta de mi habitación emitió un débil chasquido, casi insignificante pero audible. Mis ojos se posaron sobre él y mi respiración se paralizó completamente. El pomo estaba girando lentamente. 

No sabía qué hacer, no podía moverme, el miedo había paralizado todos y cada uno de mis músculos y mi propio raciocinio. El pomo acabó por girar completamente y, quien quiera que estuviera al otro lado de la puerta, comenzó a empujarla dispuesto a entrar en el interior de mi dormitorio. Quise gritar pero el miedo también había enmudecido mi garganta. 

La puerta terminó de abrirse y, entre luces y sombras, pude distinguir que alguien se hallaba en el umbral de la puerta. La sombra comenzó a avanzar hacia a mí. Solo se detuvo cuando llegó a los pies de mi cama y, en ese momento, un rayo procedente de la luz de la luna, impactó sobre su rostro. Cuando vi su rostro sentí miedo, pero, a la par, no pude evitar que mis ojos se anegaran en lágrimas.

—Mamá, tenemos que irnos... —dijo mi hijo pequeño. 

No podía ser real. Hacía dos años que un fatal accidente le había arrancado de mi lado para siempre. Observé que su apariencia física aún se correspondía con la de un niño de ocho años, y no de diez, como debería de ser actualmente. En aquel instante, deseaba abrazarle con todas mis fuerzas, pero me sentía paralizada por el miedo que su presencia me generaba.

Me levanté de la cama, con temor e inseguridad, y avancé lentamente hacia mi hijo sin apartar mis ojos de los suyos. Él me siguió con la mirada y, cuando me posicioné frente a él, estiró una de sus pequeñas manitas y agarró mi propia mano. 

—Vámonos, mamá —dijo con su fina vocecita. 

Asentí con mi cabeza sin dudar. Él era mi pequeño y, durante estos últimos dos años, lo único que había deseado, a cada segundo, era volver a su lado sin importarme el cómo. 

Caminamos juntos hacia la puerta de la habitación, pero, antes de alcanzarla, alguien con vestimenta negra, un pasamontañas y una pistola en su mano, avanzó por el pasillo. No pareció percatarse de nuestra presencia pues siguió adelante. 

—¡Escóndete! —le ordené a mi hijo, en un susurro, y liberé su mano. 

Corrí hacia la mesita de noche para coger mi teléfono móvil y llamar a la policía; pero, antes de alcanzar la mesita, mis ojos se posaron sobre la cama y, en ese preciso momento, fui consciente de que mi vida ya no era más que un recuerdo.

Yo yacía sobre ella. Un agujero en mi corazón era el refugio de una bala procedente de la pistola que acababa de ver. La sangre que había manchado mi pecho, mis sábanas y almohada se veía negra en la penumbra. 

Mientras observaba la escena que tenía ante mis ojos, sentí a mi pequeño agarrar, de nuevo, mi mano derecha. Entonces comprendí que había llegado el momento para que juntos abandonáramos este mundo. 


Ángeles Duque-Rey.


© Ángeles Duque-Rey
© 2017, Mamá, tenemos que irnos
© de la imagen: Ángeles Duque-Rey

© Todos los derechos reservados

domingo, 7 de mayo de 2017

FELIZ DÍA DE LA MADRE

Soy incapaz de recordar lo que sentí la primera vez que nuestros ojos se cruzaron, ni cuando me diste tu primer abrazo, ni cuando me dijiste "te quiero" por vez primera; pero, aunque no sea capaz de recordar muchas de nuestras vivencias, a lo largo de la vida, hay algo que siento en lo más hondo de mi corazón: si volviera a nacer, desearía volver a ser tu hija. 

Me he callado muchos "te quiero", me he guardado muchos abrazos, he reprimido mil sentimientos... ¿Por qué? Ni siquiera yo lo sé, pero lo que sí sé es que, cada vez que lo he hecho, el tiempo entre nosotras se ha escapado, un tiempo que se ha marchado y que no volverá. Cegada en cuestiones banales, algunas veces he olvidado amar a la persona que ha estado conmigo mucho antes de que mis ojos vieran por primera vez la cálida luz del sol, muchas veces he olvidado quién me dio la vida, muchas veces he olvidado que mi corazón late por ti, y solo por ti, madre. 

Lamento no haber sido mejor hija, en muchas ocasiones. Lamento mis errores, muchos de los cuales podría haber evitado si te hubiera escuchado. Lamento mis enfados guiados por la rabia más que por la razón. Lamento muchas de las palabras dichas y que jamás debería de haberte dedicado. Lamento las lágrimas que te hice derramar en días de tormenta. Lamento el dolor que he llegado a poder causar en tu corazón en mis días más amargos.

Solo puedo darte las gracias por haberme convertido en la persona que soy ahora, y gracias por todo aquello que no soy. Gracias por haber estado siempre a mi lado, en lo bueno, y en lo malo. Gracias por haber permanecido a mi lado siempre que te necesitaba. Gracias por haber tratado de comprenderme aun cuando, muchas veces, ni siquiera yo era capaz de comprenderme. Gracias por haber sido un apoyo titánico, aún cuando creía que estaba sola. Gracias por haberme levantado tras haber caído más mil veces. Gracias por haberme demostrado que no hay amor más grande que el amor de una madre hacia su hijo. Gracias por todos los sacrificios que por mí has hecho a lo largo del tiempo y que, en su momento, fui incapaz de valorar. Gracias por existir y gracias por ser mi madre. 

Espero dedicarte una nueva carta el próximo año pues, aunque a veces sea tan fría como el mármol, la realidad es que no puedo llegar a imaginarme una vida sin ti. 

Te quiero. 

Feliz día de la madre.


Carta dedicada a la persona más importante de mi vida, mi madre.

© Ángeles Duque-Rey
© Todos los Derechos reservados. Cualquier plagio, copia o adaptación no autorizada supondrá una violación de los Derechos de Propiedad Intelectual y será denunciada.

lunes, 24 de abril de 2017

Relato breve: Alguien que está a su lado



Alguien que está a su lado.
Ángeles Duque-Rey.
Alguien que está a su lado

Él dice que la ama; ella, en medio de su ingenuidad, cree que es amor verdadero. Él jura que tiene miedo de perderla, que sin su amor se arrebataría la vida, ella aún cree en sus envenenadas mentiras. Él asegura que cada golpe es una muestra de su amor, ella maquilla sus heridas y esboza una débil sonrisa llena de amargura. Él alega que se lo merecía por no respetarle, ella cree en sus palabras y vierte sobre sí misma toda la culpa. Él infunde miedo en su desconsolado corazón, ella, por miedo, le deja ganar de nuevo. 

Él ha tornado su felicidad en perpetua amargura, sus días en dantescas noches tormentosas, sus primaveras en aciagos inviernos de colores desvanecidos. Él le ha arrebatado sus alas, ella cree que a su lado no las necesita. Él ha herido su corazón con puños de acero, ella cree que sin su amor su corazón se destruiría. Él le ha arrebatado la vida, ella ya no es más que un melancólico espectro que confunde respirar con vivir. 

Ella no teme a la muerte, pues la ha visto muy cerca inconmensurables veces. Se ha acostumbrado al dolor físico acompañado de sangrantes heridas, ya no lo siente, pues son más lacerantes las profundas cicatrices que él ha causado en su desgarrada alma. Sus labios enmudecen la verdad, verdad que se ocultad en el corazón de una rosa. 

Ella mira al cielo buscando un hilo de esperanza al que aferrarse para lograr sentir que, algún día, todo será amor y felicidad. Él la mira con odio renovado dentro de sus entrañas. Los ojos de ella muestran lenta agonía, más solo la almohada es testigo de cuantas lágrimas han sido capaces de derramar. Los ojos de él solo muestran cuan oscura es su alma. Ella es tan fría como el hielo, él le ha arrebatado los sentimientos.

Hoy todo habrá acabado, pues, cuando su grito de auxilio muera en los brazos de su infausta soledad, yo extenderé mi mano, la agarraré y la rescataré de ese infierno en el que se ha sumido su vida; y, sus lágrimas, bañadas en sangre, no serán más que viejas reminiscencias de un pasado que jamás regresará... No soy su ángel de la guarda, tan solo soy alguien que está a su lado para recordarle que, esta batalla, no la librará sola. 

© 2017, Alguien que está a su lado

© Ángeles Duque-Rey

© Todos los Derechos Reservados. Queda terminantemente prohibido cualquier tipo de plagio, copia o adaptación no autorizada.

lunes, 17 de abril de 2017

Relato breve: Alguien que está a su lado

Os invito a leer mi relato breve. Es mi pequeña aportación en esta constante lucha contra la violencia de genero.

Acceso al relato

Título: Alguien que está a su lado

Autora: Ángeles Duque-Rey

© 2017, Alguien que está a su lado

© Todos los Derechos reservados.

Ayuntamiento de Villa de El Sauzal.